11 de noviembre de 2010

Duele y hacemos doler.

Ayer tuve una charla que era importante. Era la primera vez que tenía que enfrentarme a un grupo para hablarles  en inglés. No era un grupo fácil, era un desafío muy importante para mi. Un grupo de 30 chicos de 15 y 14 años,  de los que varios ya se han inciado en el consumo de alcohol y cuyos papás  seguramente no consideran ni conocen los riesgos que esto significa según los últimos estudios de la Dra. Tapper ni de The Lancet.
Llegué nerviosa y al principio mis nervios sabotearon mi normalmente fluído inglés. No encontraba las palabras adecuadas, y a pesar de ser muy meticulosa y haber leído del tema y estudiado la presentación, me costó mucho trabajo poder capturar su atención. Al final, pude revertir la situación, controlé mis nervios y me subí al caballo de por qué me gusta mi trabajo con los chicos tanto. Creo firmemente  que dándoles la información por lo menos ellos tomarán decisiones más concientes que las que nosotros tomamos y finalmente tal vez con esto salvaremos una vida al menos o quizás los ayudemos a ser más felices.

Lo que me pasó ayer sin embargo y tras haber leído varios posts de Peter Bregman en el Harvard Business review, (http://blogs.hbr.org/bregman), me hizo darme cuenta que existen temas familiares que nos afectan más allá de lo que queremos y que realmente llegan a impactar  en aspectos de nuestra vida que no imaginamos, y lo que es peor,  que no deseamos.

El día anterior a mi charla tuve un episodio con mi papá. Tengo con él una relación que  se fundamenta en un inmenso amor mutuo, pero que dadas muchas circunstancias que no voy a comentar nuestra relación no es muy cercana.
Nos amamos pero no somos los mejores amigos, o tal vez no somos todo lo amigos que yo quisiera.

El punto es que la charla de ayer era un desafío para mi, necesitaba estar serena, llegar llena de seguridad y confianza y este impase, me quitó el piso. No voy a culpar a mi papá. El no sabía. Pero el hecho es que una situación tensa en la que inconcientemente los cimientos emocionales se exponen, repercute. Su onda expansiva llega a aspectos de la vida que no deseamos.
Yo soy adulta, tengo 39 años. Mis hijos, como ya comenté tienen 10 y 5.
Cuantas veces como papás nos encargamos de generar una situación o manejar mal una situación que atenta en la seguridad de nuestros hijos que no tienen esa capacidad aun , de poder reflexionar y subirse a un caballo que los lleve lejos de los malestares que les causamos.
Cuantas veces ha habido que por apuro y estrés, los niños reciben respuestas inadecuadas por parte de sus papás.
No lo hacemos con mala intención. Mi papá no me quiere dañar y yo nunca quiero dañar a mis hijos.
Pero ha habido veces que contesto usando palabras que no son amables, que quizás podría pensar mejor para que mis hijos se sientan cobijados con la seguridad de mi afecto y no cuestionados por él.
Esto trasciende a los hijos y llega a todas nuestras relaciones.
Y tan en boga ahora, me pegunto si  a la larga todos no hacemos un poco de bullying.

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