Desde hace días que quiero sentarme a escribir pero no lo lograba. Había algo que me lo impedía. Me he dado cuenta que es un poco de pánico escénico, y una mezcla entre pensar que de repente no voy a poder decir nada valioso o simple angustia por saber que no sólo estoy escribiendo para mi.
Ayer veía en la noche a mi hijo entrar en pánico por un examen, no porque no hubiera estudiado sino por el miedo a no hacerlo bien. Hace varios días, sucedía lo mismo con el día del deporte y el consabido pánico a si le iba a ir bien o a ir mal. A las dos situaciones le respondí lo mismo, ten confianza en ti y en lo que sabes y da lo mejor que puedes. No sólo se trata de ganar sino de divertirse. Espero de corazón que esos dos consejos le sirvan a él y que mis palabras le den la seguridad que necesita.
Creo que no soy la única por ahí, que todos los días me enfrento a estos pequeños retos que significan vivir. Da miedo no ser lo suficientemente bueno en algo, da miedo enfrentarnos al hecho que queramos hacer algo y de repente nos demos con la cruda verdad en la cara de saber que no fuimos lo suficientemente hábiles ni talentosos para desempeñarnos a la altura de nuestras propias expectativas.
En el colegio nunca fui una gran deportista y varias de mis amigas son testigos de excepción al respecto. Igual, en las competencias interhouses de natación del colegio, yo era el comodín para las carreras de estilo mariposa, no por mi habilidad sino sólo para que no nos ganaran por walkover y así evitar que descalificaran al house. Esto a pesar de la vergüenza que me implicaba llegar invariablemente de última en la competencia.
Creo que a la Miss Sarita mi vergüenza y mi pánico poco le interesaban, con tal de darle al house una oportunidad de llevarse la copa.
Pero en otro caso, ¿cómo manejar esta misma situación cuando no nos da miedo, y de repente nos encontramos con la cruda realidad de nuestras propias limitaciones?
¿Qué hubiera pasado si yo hubiera amado nadar mariposa por encima de todo, a pesar de no saberlo hacer y de no tener mucha habilidad para hacerlo? ¿Podría contarlo acá con tanta tranquilidad?
El otro día escuchaba una historia de alguien cuyo hijo quería jugar rugby con todo su corazón.
El papá al ponerse a practicar con él se dio cuenta que el niño carecía completamente de habilidad para este deporte. ¿Qué hacer en ese caso? ¿ Lo desmotivamos a jugar, o en el caso contrario lo apoyamos a pesar de exponerlo al fracaso y a la burla de todos sus amigos?
Al escuchar la historia, quienes estábamos presentes llegamos a la conclusión que es una situación muy difícil y creo que ninguno supo dar ni darse una respuesta tranquilizadora si un caso similar surgiera con uno de nuestros hijos.
Coincidentemente ayer me topé con un maravilloso artículo donde encontré una respuesta exactamente a eso. El autor, Tony Schwartz, plantea que cualquiera, y con esto quiere decir TODOS, podemos ser excelentes en cualquier campo sólo empujándonos permanentemente por encima de nuestra zona de confort, para que podamos llegar a alcanzar los resultados que esperamos.*
Por supuesto el artículo me encantó y me dio pie a apoyar mi modesta opinión : si uno de nuestros hijos no es lo suficientemente bueno en algo pero lo desea hacer con todo su corazón, hay que evitar caer en la trampa de transmitirle nuestro propio pánico escénico o nuestras ansiedades y miedos de infancia, adolescencia y adultez. Es mejor ayudarlo a que descubra que para hacer bien lo que realmente le gusta, la única manera es con mucho esfuerzo.
Hoy me doy cuenta que llevo aplazando sin pensarlo eventos simples como ir a la comisaría a poner una denuncia, únicamente porque me produce una ansiedad horrible. Este hecho no requiere talento, solo que al generarme ansiedad prefiero no enfrentarlo. Mi excesivo auto-exigente ego, no resiste la ansiedad y prefiere esconderse a enfrentar. Reminiscencias del olor a cloro.
Así es que hoy decidí seguir a mi instinto y no a mi ego, y escribir a sabiendas que algunos de ustedes me van a leer y quien sabe si de repente termino de escribir y me voy corriendo a la comisaría.
* HARVARD BUSINESS REVIEW:
http://blogs.hbr.org/schwartz/2010/08/six-keys-to-being-excellent-at.html
24 de noviembre de 2010
18 de noviembre de 2010
Lo inexplicable.
Un chico que después de escucharme hablar inglés, me dice que no tengo pinta de hablar inglés.
Una persona , que después de mantener una deuda de un año conmigo y mis demás vecinos de edificio, y tras cobrarle, me la vuelvo a encontrar y escasamente me saluda.
Varias mamás que constantemente dejan a sus hijos en manos de mamás sustitutas y pagadas, no para trabajar, sino para irse de viaje, a la peluquería, a comer , a bailar y pretenden que sus hijos sean excelentes alumnos, y no tengan rollos además.
La gente que no hace sino quejarse todo el día de dinero , pero que tiene una fortuna guardada en una cuenta.
Las personas que me llaman amiga y a mis espaldas hablan pestes de mi.
Quienes en las redes sociales me llaman amiga y al encontrarse conmigo en la calle, casi ni me saludan, y esto lo juro , me ha pasado varias veces con personas distintas.
Querer ser más flaca y no hacer dieta ni ejercicio (mea culpa).
Tanta pobreza y que la economía esté tan bien.
Escuchar una conversación donde un señor le explica al otro que su pelo es negro, pero que sus hermanas todas son rubias y de ojos claros.
Las que se tiñen el pelo de rubio para que no las confundan con ellas mismas.
Tratar de explicarles a mis hijos todo lo anterior y paralelamente explicarles la importancia de ser consecuentes y justos en la vida.
Una persona , que después de mantener una deuda de un año conmigo y mis demás vecinos de edificio, y tras cobrarle, me la vuelvo a encontrar y escasamente me saluda.
Varias mamás que constantemente dejan a sus hijos en manos de mamás sustitutas y pagadas, no para trabajar, sino para irse de viaje, a la peluquería, a comer , a bailar y pretenden que sus hijos sean excelentes alumnos, y no tengan rollos además.
La gente que no hace sino quejarse todo el día de dinero , pero que tiene una fortuna guardada en una cuenta.
Las personas que me llaman amiga y a mis espaldas hablan pestes de mi.
Quienes en las redes sociales me llaman amiga y al encontrarse conmigo en la calle, casi ni me saludan, y esto lo juro , me ha pasado varias veces con personas distintas.
Querer ser más flaca y no hacer dieta ni ejercicio (mea culpa).
Tanta pobreza y que la economía esté tan bien.
Escuchar una conversación donde un señor le explica al otro que su pelo es negro, pero que sus hermanas todas son rubias y de ojos claros.
Las que se tiñen el pelo de rubio para que no las confundan con ellas mismas.
Tratar de explicarles a mis hijos todo lo anterior y paralelamente explicarles la importancia de ser consecuentes y justos en la vida.
16 de noviembre de 2010
De argollas y otros demonios.
Hoy mi hija, Julieta , de 5 años tuvo un incidente con cuatro amigas. Eran cinco en total. Comenzaron jugando y en un momento dado del juego, decidieron jugar a las parejas.
La víctima, la dejada de lado, no fue Julieta.
Le expliqué a Julieta y a las otras niñas que ese juego de dejar de lado, no se hace y que a ninguna le gustaría que le hicieran lo mismo.
Al rato del incidente, a Julieta le tocó el turno de ser excluída y esta vez no con un juego de parejas Una de las niñas invitó a todas a su casa, pero le dijo explícitamente a Julieta que ella no. La que invitaba no era la misma que se había quedado sola en el juego de parejas.
Yo me enfrenté a una situación emocionalmente comprometedora: Era la única adulta presente, era la responsable de las cinco niñas que además estaban en mi casa y era la mamá de la víctima. A pesar de estar indignada de verdad pues menos de diez minutos atrás les había dicho a todas que eso no se hacía y a pesar que mi parte más pueril en ese momento sólo quería decirles lo inhumanas , crueles y hasta malas que estaban siendo y que estaban partiéndole el corazón a mi bebé, no lo hice.
Mantuve mi adultez a flote y lo que hice fue abrazar a mi hija explicarle que sus amigas estaban equivocadas y en voz alta hacerles saber nuevamente a las demás niñas que eso no se hacía.
Protegí a Julieta, pero sin hacerla sentir víctima. Eso creo.
Fue una típica situación infantil. No hubo maldad sólo un juego de confabulación. Niñas probando sus límites , ver hasta donde se puede llegar con el otro. En unas se adivinaba juego, en otras se adivinaban sentimientos de exaltación o demostración de poder de ellas sobre las demás.
En los niños me imagino que esto responde al proceso inevitable de aprendizaje, de prueba y error.
Cualquiera que haya ido al colegio lo ha sentido, lo ha experimentado y lo sabe.
Lo triste es saber que en la adultez somos testigos permanentemente de exclusiones más dolorosas y flagrantes que esa, y me pregunto en qué parte del crecimiento se quedaron quienes las practican.
La víctima, la dejada de lado, no fue Julieta.
Le expliqué a Julieta y a las otras niñas que ese juego de dejar de lado, no se hace y que a ninguna le gustaría que le hicieran lo mismo.
Al rato del incidente, a Julieta le tocó el turno de ser excluída y esta vez no con un juego de parejas Una de las niñas invitó a todas a su casa, pero le dijo explícitamente a Julieta que ella no. La que invitaba no era la misma que se había quedado sola en el juego de parejas.
Yo me enfrenté a una situación emocionalmente comprometedora: Era la única adulta presente, era la responsable de las cinco niñas que además estaban en mi casa y era la mamá de la víctima. A pesar de estar indignada de verdad pues menos de diez minutos atrás les había dicho a todas que eso no se hacía y a pesar que mi parte más pueril en ese momento sólo quería decirles lo inhumanas , crueles y hasta malas que estaban siendo y que estaban partiéndole el corazón a mi bebé, no lo hice.
Mantuve mi adultez a flote y lo que hice fue abrazar a mi hija explicarle que sus amigas estaban equivocadas y en voz alta hacerles saber nuevamente a las demás niñas que eso no se hacía.
Protegí a Julieta, pero sin hacerla sentir víctima. Eso creo.
Fue una típica situación infantil. No hubo maldad sólo un juego de confabulación. Niñas probando sus límites , ver hasta donde se puede llegar con el otro. En unas se adivinaba juego, en otras se adivinaban sentimientos de exaltación o demostración de poder de ellas sobre las demás.
En los niños me imagino que esto responde al proceso inevitable de aprendizaje, de prueba y error.
Cualquiera que haya ido al colegio lo ha sentido, lo ha experimentado y lo sabe.
Lo triste es saber que en la adultez somos testigos permanentemente de exclusiones más dolorosas y flagrantes que esa, y me pregunto en qué parte del crecimiento se quedaron quienes las practican.
14 de noviembre de 2010
SEGUIR CRECIENDO.
Es un día especial y triste.
No voy a dar mayores detalles, pero alguien a quien quiero mucho tiene una tristeza en su corazón que comparto de manera absoluta. No hay nada que yo pueda hacer para quitarle su tristeza, nada. Lo único que puedo hacer es estar. Punto final.
Amar también es respetar la necesidad de los otros a querer estar solos. A que les duela sin que otros salvo los que ellos quieran, los vean.
Este proceso, que a mi me duele infinitamente también, me ha permitido crecer en mi capacidad de amar.
Saber respetar los espacios, no presionar y simplemente a mi manera, hacerle saber a mis seres amados que acá estoy y cerca y voy a estar siempre.
Poner por encima su dolor y su necesidad, sobre mi necesidad de acompañar.
No es fácil, y el camino de aprendizaje me ha costado y me ha cuestionado muchas cosas, pero creo que al final mi balance me da más que positivo.
Me ha demostrado que la amistad, cuando es sincera, es una forma de amor tan intensa como cualquier otra de sus formas, y que además de hacernos muy felices, nos permite crecer, conocer nuestros límites y nos da la oportunidad de superar nuestras miserias en pro del otro.
Somos mejores versiones de nosotros mismos cuando nos lo permitimos. Y eso es un premio que sólo el amor real nos permite.
Pienso en tantos seres que no son capaces de sacrificar nada en pro del otro y pienso que quizás por eso fundamentan su felicidad en cosas, en números y en cómo se sienten al mirarse en un espejo.
Mi felicidad, y lo ratifico cada día más, viene de saber que en este camino que vengo andando desde que soy persona, he sembrado éxitos más importantes, que tienen sentimientos y a quienes no me cansaré nunca de entregarles lo mejor de mi.
Así ese mejor sea mi ausencia, porque ellos así lo necesitan.
No voy a dar mayores detalles, pero alguien a quien quiero mucho tiene una tristeza en su corazón que comparto de manera absoluta. No hay nada que yo pueda hacer para quitarle su tristeza, nada. Lo único que puedo hacer es estar. Punto final.
Amar también es respetar la necesidad de los otros a querer estar solos. A que les duela sin que otros salvo los que ellos quieran, los vean.
Este proceso, que a mi me duele infinitamente también, me ha permitido crecer en mi capacidad de amar.
Saber respetar los espacios, no presionar y simplemente a mi manera, hacerle saber a mis seres amados que acá estoy y cerca y voy a estar siempre.
Poner por encima su dolor y su necesidad, sobre mi necesidad de acompañar.
No es fácil, y el camino de aprendizaje me ha costado y me ha cuestionado muchas cosas, pero creo que al final mi balance me da más que positivo.
Me ha demostrado que la amistad, cuando es sincera, es una forma de amor tan intensa como cualquier otra de sus formas, y que además de hacernos muy felices, nos permite crecer, conocer nuestros límites y nos da la oportunidad de superar nuestras miserias en pro del otro.
Somos mejores versiones de nosotros mismos cuando nos lo permitimos. Y eso es un premio que sólo el amor real nos permite.
Pienso en tantos seres que no son capaces de sacrificar nada en pro del otro y pienso que quizás por eso fundamentan su felicidad en cosas, en números y en cómo se sienten al mirarse en un espejo.
Mi felicidad, y lo ratifico cada día más, viene de saber que en este camino que vengo andando desde que soy persona, he sembrado éxitos más importantes, que tienen sentimientos y a quienes no me cansaré nunca de entregarles lo mejor de mi.
Así ese mejor sea mi ausencia, porque ellos así lo necesitan.
11 de noviembre de 2010
Duele y hacemos doler.
Ayer tuve una charla que era importante. Era la primera vez que tenía que enfrentarme a un grupo para hablarles en inglés. No era un grupo fácil, era un desafío muy importante para mi. Un grupo de 30 chicos de 15 y 14 años, de los que varios ya se han inciado en el consumo de alcohol y cuyos papás seguramente no consideran ni conocen los riesgos que esto significa según los últimos estudios de la Dra. Tapper ni de The Lancet.
Llegué nerviosa y al principio mis nervios sabotearon mi normalmente fluído inglés. No encontraba las palabras adecuadas, y a pesar de ser muy meticulosa y haber leído del tema y estudiado la presentación, me costó mucho trabajo poder capturar su atención. Al final, pude revertir la situación, controlé mis nervios y me subí al caballo de por qué me gusta mi trabajo con los chicos tanto. Creo firmemente que dándoles la información por lo menos ellos tomarán decisiones más concientes que las que nosotros tomamos y finalmente tal vez con esto salvaremos una vida al menos o quizás los ayudemos a ser más felices.
Lo que me pasó ayer sin embargo y tras haber leído varios posts de Peter Bregman en el Harvard Business review, (http://blogs.hbr.org/bregman), me hizo darme cuenta que existen temas familiares que nos afectan más allá de lo que queremos y que realmente llegan a impactar en aspectos de nuestra vida que no imaginamos, y lo que es peor, que no deseamos.
El día anterior a mi charla tuve un episodio con mi papá. Tengo con él una relación que se fundamenta en un inmenso amor mutuo, pero que dadas muchas circunstancias que no voy a comentar nuestra relación no es muy cercana.
Nos amamos pero no somos los mejores amigos, o tal vez no somos todo lo amigos que yo quisiera.
El punto es que la charla de ayer era un desafío para mi, necesitaba estar serena, llegar llena de seguridad y confianza y este impase, me quitó el piso. No voy a culpar a mi papá. El no sabía. Pero el hecho es que una situación tensa en la que inconcientemente los cimientos emocionales se exponen, repercute. Su onda expansiva llega a aspectos de la vida que no deseamos.
Yo soy adulta, tengo 39 años. Mis hijos, como ya comenté tienen 10 y 5.
Cuantas veces como papás nos encargamos de generar una situación o manejar mal una situación que atenta en la seguridad de nuestros hijos que no tienen esa capacidad aun , de poder reflexionar y subirse a un caballo que los lleve lejos de los malestares que les causamos.
Cuantas veces ha habido que por apuro y estrés, los niños reciben respuestas inadecuadas por parte de sus papás.
No lo hacemos con mala intención. Mi papá no me quiere dañar y yo nunca quiero dañar a mis hijos.
Pero ha habido veces que contesto usando palabras que no son amables, que quizás podría pensar mejor para que mis hijos se sientan cobijados con la seguridad de mi afecto y no cuestionados por él.
Esto trasciende a los hijos y llega a todas nuestras relaciones.
Y tan en boga ahora, me pegunto si a la larga todos no hacemos un poco de bullying.
Llegué nerviosa y al principio mis nervios sabotearon mi normalmente fluído inglés. No encontraba las palabras adecuadas, y a pesar de ser muy meticulosa y haber leído del tema y estudiado la presentación, me costó mucho trabajo poder capturar su atención. Al final, pude revertir la situación, controlé mis nervios y me subí al caballo de por qué me gusta mi trabajo con los chicos tanto. Creo firmemente que dándoles la información por lo menos ellos tomarán decisiones más concientes que las que nosotros tomamos y finalmente tal vez con esto salvaremos una vida al menos o quizás los ayudemos a ser más felices.
Lo que me pasó ayer sin embargo y tras haber leído varios posts de Peter Bregman en el Harvard Business review, (http://blogs.hbr.org/bregman), me hizo darme cuenta que existen temas familiares que nos afectan más allá de lo que queremos y que realmente llegan a impactar en aspectos de nuestra vida que no imaginamos, y lo que es peor, que no deseamos.
El día anterior a mi charla tuve un episodio con mi papá. Tengo con él una relación que se fundamenta en un inmenso amor mutuo, pero que dadas muchas circunstancias que no voy a comentar nuestra relación no es muy cercana.
Nos amamos pero no somos los mejores amigos, o tal vez no somos todo lo amigos que yo quisiera.
El punto es que la charla de ayer era un desafío para mi, necesitaba estar serena, llegar llena de seguridad y confianza y este impase, me quitó el piso. No voy a culpar a mi papá. El no sabía. Pero el hecho es que una situación tensa en la que inconcientemente los cimientos emocionales se exponen, repercute. Su onda expansiva llega a aspectos de la vida que no deseamos.
Yo soy adulta, tengo 39 años. Mis hijos, como ya comenté tienen 10 y 5.
Cuantas veces como papás nos encargamos de generar una situación o manejar mal una situación que atenta en la seguridad de nuestros hijos que no tienen esa capacidad aun , de poder reflexionar y subirse a un caballo que los lleve lejos de los malestares que les causamos.
Cuantas veces ha habido que por apuro y estrés, los niños reciben respuestas inadecuadas por parte de sus papás.
No lo hacemos con mala intención. Mi papá no me quiere dañar y yo nunca quiero dañar a mis hijos.
Pero ha habido veces que contesto usando palabras que no son amables, que quizás podría pensar mejor para que mis hijos se sientan cobijados con la seguridad de mi afecto y no cuestionados por él.
Esto trasciende a los hijos y llega a todas nuestras relaciones.
Y tan en boga ahora, me pegunto si a la larga todos no hacemos un poco de bullying.
10 de noviembre de 2010
lo bueno y lo malo
Ayer mi hijo mayor Santiago, gastó 50% más de un billete del que debía traer vuelto, para comprar unos libros -muy buenos y lindos- en la feria del libro de su colegio.
Podríamos decir y justificar su falta diciendo que el móvil fue positivo: el claro interés en unos libros que según sus propias palabras"no iba a conseguir en ninguna parte por menos de el doble de lo que pagué".
Toda esta situación que decantó en un castigo sin propina por 11 días, mientras nos repone el monto de más gastado, me puso frente a la situación de hacer reflexionar a Santiago realmente sobre la fina pero importante linea entre hacer algo bien y hacer algo mal. En este caso, violentar los derechos ajenos en pro de la satisfacción personal.
Lo más interesante de toda la situación, además de ver a Santiago darse cuenta que lo ajeno es ajeno y que ningún buen móvil justifica una mala acción, fue permitirme a mi reflexionar sobre algo que todos sabemos pero nunca pensamos.
Somos la sumatoria de nuestras acciones y omisiones. Yo quiero ser alguien, pero soy lo que hago y dejo de hacer. Si yo no sumo o resto en mis quéhaceres y no planifico mis acciones o inacciones hacia un fin, me quedo en el status de ser lo que en inglés se llama un "wannabe" que traducido al español sería algo como "quiere ser pero no es".
Hoy en una charla con chicos de 15 años, les trataba de explicar cómo somos dueños de nuestras vidas, y cómo sólo nosotros decidimos qué destino tenemos. Obvio que hay situaciones que no controlamos, que hay factores de suerte o mala suerte que intervienen en nuestra vida. Pero el asunto está en que realmente no hacemos muchas veces lo que debemos hacer, no apuntamos nuestra fuerza y nuestras acciones al lugar al que queremos llegar, sino que perdemos el tiempo lamentándonos por qué no estamos en la parte de arriba de la escalera, cuando no hacemos nada para subir el primer escalón. O en todo caso, en su contraparte negativa, nos quejamos de lo mismo y no hacemos sino cavar un hueco debajo de nuestros pies.
Saber qué queremos, incluso en la adultez , es muchas veces muy difícil. Creo que es más facil partir por el descarte para algunos, pero también es menos efectivo. Para planificar y establecer metas, es importante tener claro a dónde queremos llegar. Es un pequeño pero significativo paso para saber delimitar nuestro marco de acción e inacción.
Con Santiago ayer hablamos de qué tipo de persona quiere ser él, cómo quiere ser percibido, y hablamos de sus sueños, y de lo que él me dice que él quiere ser siempre. Conversamos sobre como con un acto tan insignificante como significativo, sus sueños se pueden alejar y hacerse imposibles de materializar y él estuvo de acuerdo y adquirió conciencia sobre su error, su transgresión y entendió el perjuicio que una acción así genera en él y en la confianza que nosotros tenemos en él.
Espero de todo corazón que él reflexione e incorpore este concepto a su vida. No soy tan cándida de pensar que el incidente de ayer lo va inmunizar de cometer errores. Eso no.
Al hablar con él, reflexioné y me di cuenta que en muchas de nuestras acciones y omisiones somos responsables de quienes somos como nos sentimos y como nos ven los demás. Con todo lo que esto significa. Lamentablemente muchas personas que nos rodean no lo toman en cuenta y viven su días lamentándose por lo que no son o por cómo son.
Podríamos decir y justificar su falta diciendo que el móvil fue positivo: el claro interés en unos libros que según sus propias palabras"no iba a conseguir en ninguna parte por menos de el doble de lo que pagué".
Toda esta situación que decantó en un castigo sin propina por 11 días, mientras nos repone el monto de más gastado, me puso frente a la situación de hacer reflexionar a Santiago realmente sobre la fina pero importante linea entre hacer algo bien y hacer algo mal. En este caso, violentar los derechos ajenos en pro de la satisfacción personal.
Lo más interesante de toda la situación, además de ver a Santiago darse cuenta que lo ajeno es ajeno y que ningún buen móvil justifica una mala acción, fue permitirme a mi reflexionar sobre algo que todos sabemos pero nunca pensamos.
Somos la sumatoria de nuestras acciones y omisiones. Yo quiero ser alguien, pero soy lo que hago y dejo de hacer. Si yo no sumo o resto en mis quéhaceres y no planifico mis acciones o inacciones hacia un fin, me quedo en el status de ser lo que en inglés se llama un "wannabe" que traducido al español sería algo como "quiere ser pero no es".
Hoy en una charla con chicos de 15 años, les trataba de explicar cómo somos dueños de nuestras vidas, y cómo sólo nosotros decidimos qué destino tenemos. Obvio que hay situaciones que no controlamos, que hay factores de suerte o mala suerte que intervienen en nuestra vida. Pero el asunto está en que realmente no hacemos muchas veces lo que debemos hacer, no apuntamos nuestra fuerza y nuestras acciones al lugar al que queremos llegar, sino que perdemos el tiempo lamentándonos por qué no estamos en la parte de arriba de la escalera, cuando no hacemos nada para subir el primer escalón. O en todo caso, en su contraparte negativa, nos quejamos de lo mismo y no hacemos sino cavar un hueco debajo de nuestros pies.
Saber qué queremos, incluso en la adultez , es muchas veces muy difícil. Creo que es más facil partir por el descarte para algunos, pero también es menos efectivo. Para planificar y establecer metas, es importante tener claro a dónde queremos llegar. Es un pequeño pero significativo paso para saber delimitar nuestro marco de acción e inacción.
Con Santiago ayer hablamos de qué tipo de persona quiere ser él, cómo quiere ser percibido, y hablamos de sus sueños, y de lo que él me dice que él quiere ser siempre. Conversamos sobre como con un acto tan insignificante como significativo, sus sueños se pueden alejar y hacerse imposibles de materializar y él estuvo de acuerdo y adquirió conciencia sobre su error, su transgresión y entendió el perjuicio que una acción así genera en él y en la confianza que nosotros tenemos en él.
Espero de todo corazón que él reflexione e incorpore este concepto a su vida. No soy tan cándida de pensar que el incidente de ayer lo va inmunizar de cometer errores. Eso no.
Al hablar con él, reflexioné y me di cuenta que en muchas de nuestras acciones y omisiones somos responsables de quienes somos como nos sentimos y como nos ven los demás. Con todo lo que esto significa. Lamentablemente muchas personas que nos rodean no lo toman en cuenta y viven su días lamentándose por lo que no son o por cómo son.
9 de noviembre de 2010
INICIO
Ser mamá no es un tarea fácil y eso no es nuevo para nadie. Ninguna verdad revelada.
Pero ser una mamá que tiene ganas de crecer profesionalmente, de tener una vida personal y a la vez ser una buena mamá es más difícil aun:
Hay que decidir, optar por qué es mejor, qué funciona en la lista de prioridades personales para uno y para sus hijos.
Un día de mi vida yo opté, y opté por mis hijos. Debo decir que en parte y gracias a que tuve la suerte de tener el apoyo invalorable de mi pareja, quien pensó también que para la familia era mejor que yo estuviera cerca a los niños y no en una oficina, así con esto nuestra economía se encogiera.
No soy graduada en psicología ni en educación. Soy Comunicadora de profesión, estudié un post grado y varias otras cosas más. He trabajado durante varios años. Pero esa preparación y experiencia en el mundo profesional, no me preparó ni me exime de cometer varios errores al día en el arduo camino de querer siempre lo mejor para mis hijos. Por eso quizás también, me angustio a veces mas de la cuenta y gasto mucho tiempo tratando de medir las amenazas e infructuosamente así evitar los sufrimientos que mis hijos deban enfrentar en este viaje que se llama vida.
En pocas palabras, soy una mamá.
Pero al serlo y en mi búsqueda de un espacio donde mis hijos se puedan desarrollar adecuadamente, encuentro que hay demasiada información. Información online y offline. Está lo que dicen los pediatras, lo que dicen los psicólogos, lo que dicen los profesores, lo que dicen los orgánicos, lo que dicen los vegetarianos, y en realidad es difícil encontrar un balance y una fuente creíble y que funcione a la medida de la vida de cada uno de mis dos hijos.
Hay demasiados argumentos circulando, donde hay quienes piensan y ojo no yo, que los médicos buscan beneficiar a los laboratorios antes que a sus pacientes, que los psicólogos evitan encontrar las causas de los problemas para poder cobrar mas tiempo en las terapias , que comer comida orgánica no implica una mejor salud, que la leche y la carne dañan más que nutrir, que ver televisión hace daño, que si no ven televisión serán unos drop outs, que si hacen mucho deporte serán vigoréxicos, que si no hacen deporte serán obesos y un larguísimo etc.
Por lo que la pregunta final es ¿A quien creerle?
Cómo criar, ayudar a crecer, bring up, a alguien y enseñarle a vivir o sobrevivir lo más feliz posible en este loco mundo.
Y en esa pregunta es que surge mi necesidad de estar cerca a mis hijos y de escribir este blog.
No tengo las respuestas a todo, a pocas cosas en realidad y cada día dudo mas de mis respuestas porque en esta carretera de sobre información, a cada minuto sale algo que revalúa todo lo dicho anteriormente sobre cualquier tema en particular.
Mi intuición, que no es una autoridad científica, me dice que en esa decisión que tomé un día de julio, el estar cerca a mis hijos; abrí una gran ventana que por lo menos me permite equivocarme junto a ellos, y ellos en mi error creo que han podido aprender más de mi y de la vida, que si otra persona fuera quien se equivocara frente a ellos o con ellos, o si simplemente cual invidentes de la vida fueran adentrándose en ella sin un lazarillo torpe como soy a veces, que los guiara y recibiera el golpe por ellos.
Creo que ese es mi statement.
Con esto no critico a quienes se quedaron en la oficina, y a quienes desde sus obligaciones de ser madres que trabajan cumplen incluso mejor que yo su labor.
Lo que busco es simplemente abrir un espacio para que quienes acá entren a leer lo que escribo, me ayuden a encontrar información y a discutir ideas de cómo hacer mejor el trabajo de ser padres en este mundo tan cambiante.
Con esto comparto un post que me parece que va de la mano con lo que acabo de decir, ayudar a los hijos a encontrar su felicidad y a apoyarlos sin restricciones cuando la encuentren.
Pero ser una mamá que tiene ganas de crecer profesionalmente, de tener una vida personal y a la vez ser una buena mamá es más difícil aun:
Hay que decidir, optar por qué es mejor, qué funciona en la lista de prioridades personales para uno y para sus hijos.
Un día de mi vida yo opté, y opté por mis hijos. Debo decir que en parte y gracias a que tuve la suerte de tener el apoyo invalorable de mi pareja, quien pensó también que para la familia era mejor que yo estuviera cerca a los niños y no en una oficina, así con esto nuestra economía se encogiera.
No soy graduada en psicología ni en educación. Soy Comunicadora de profesión, estudié un post grado y varias otras cosas más. He trabajado durante varios años. Pero esa preparación y experiencia en el mundo profesional, no me preparó ni me exime de cometer varios errores al día en el arduo camino de querer siempre lo mejor para mis hijos. Por eso quizás también, me angustio a veces mas de la cuenta y gasto mucho tiempo tratando de medir las amenazas e infructuosamente así evitar los sufrimientos que mis hijos deban enfrentar en este viaje que se llama vida.
En pocas palabras, soy una mamá.
Pero al serlo y en mi búsqueda de un espacio donde mis hijos se puedan desarrollar adecuadamente, encuentro que hay demasiada información. Información online y offline. Está lo que dicen los pediatras, lo que dicen los psicólogos, lo que dicen los profesores, lo que dicen los orgánicos, lo que dicen los vegetarianos, y en realidad es difícil encontrar un balance y una fuente creíble y que funcione a la medida de la vida de cada uno de mis dos hijos.
Hay demasiados argumentos circulando, donde hay quienes piensan y ojo no yo, que los médicos buscan beneficiar a los laboratorios antes que a sus pacientes, que los psicólogos evitan encontrar las causas de los problemas para poder cobrar mas tiempo en las terapias , que comer comida orgánica no implica una mejor salud, que la leche y la carne dañan más que nutrir, que ver televisión hace daño, que si no ven televisión serán unos drop outs, que si hacen mucho deporte serán vigoréxicos, que si no hacen deporte serán obesos y un larguísimo etc.
Por lo que la pregunta final es ¿A quien creerle?
Cómo criar, ayudar a crecer, bring up, a alguien y enseñarle a vivir o sobrevivir lo más feliz posible en este loco mundo.
Y en esa pregunta es que surge mi necesidad de estar cerca a mis hijos y de escribir este blog.
No tengo las respuestas a todo, a pocas cosas en realidad y cada día dudo mas de mis respuestas porque en esta carretera de sobre información, a cada minuto sale algo que revalúa todo lo dicho anteriormente sobre cualquier tema en particular.
Mi intuición, que no es una autoridad científica, me dice que en esa decisión que tomé un día de julio, el estar cerca a mis hijos; abrí una gran ventana que por lo menos me permite equivocarme junto a ellos, y ellos en mi error creo que han podido aprender más de mi y de la vida, que si otra persona fuera quien se equivocara frente a ellos o con ellos, o si simplemente cual invidentes de la vida fueran adentrándose en ella sin un lazarillo torpe como soy a veces, que los guiara y recibiera el golpe por ellos.
Creo que ese es mi statement.
Con esto no critico a quienes se quedaron en la oficina, y a quienes desde sus obligaciones de ser madres que trabajan cumplen incluso mejor que yo su labor.
Lo que busco es simplemente abrir un espacio para que quienes acá entren a leer lo que escribo, me ayuden a encontrar información y a discutir ideas de cómo hacer mejor el trabajo de ser padres en este mundo tan cambiante.
Con esto comparto un post que me parece que va de la mano con lo que acabo de decir, ayudar a los hijos a encontrar su felicidad y a apoyarlos sin restricciones cuando la encuentren.
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