Llevo días dándole vueltas al tema de la paternidad.
Durante los últimos meses me he encontrado con varias personas, que aparentemente lo tienen todo y que adentrándonos en conversaciones de un orden mas profundo, de repente me han contado de su relación con su padre y cómo esto ha afectado sus vidas, y su aparente envidiable vida, empieza a tomar un matiz muy distinto.
Pienso en Bayly, que antes con todas sus facetas polémicas , las cuestionables y las que sólo le importan a él y a quienes él frecuenta, defendía a sus hijas y a los hijos de padres que se portaban como indeseables.
Mi hija Julieta ha sido enormemente pegada a mi desde que nació, pero su padre, mi esposo, es una figura más que gravitante en su vida. Y esto va más allá del complejo de Electra.
Lo mismo aplica para Santiago, mi hijo. Su papá es quien desorganiza la mesa, nos hace reír, juega con ellos sin respeto a los horarios y es quien, siempre y con una inmensa ternura está dispuesto a ayudarlos y complacerlos en todo lo que esté a su alcance.
Paralelamente veo con emoción como muchos de mis grandes amigos ya son papás y con orgullo y una conmovedora felcidad, publican las fotos de sus hijos, algunos ya adolescentes, otros infantes, otros bebés.
Creo que ahí está la clave de todo. Porque somos con nuestros hijos como somos, han sido y, los más sanos, como nos gustaría que hubieran sido con nosotros mismos.
Señores padres de familia, creo que desestiman muchas veces su importancia, su rol, su influencia.
En este occidental y latinoamericano mundo, las mujeres tenemos una crianza y una cultura que conspira desde niñas sobre el imprescindible rol de la madre. La maternidad se sublima en cada rincón de nuestra cultura, y si además hemos crecido en la religión católica, el asunto se torna más serio.
Pero mientras tanto qué pasa con los niños. ¿Será que si ellos también jugaran con muñecos, si las Baby Alives se vendieran para niños, y los papás se las compraran, la historia sería diferente?
Me es difícil entender cómo padres de familia que han disfrutado tanto de su rol, los Baylys de la vida y sus ecuaces, ante un incidente de falda corta y piel más lozana, pueden llegar a perder la perspectiva de tal manera.
Yo mientras tanto celebro a mi papá. De niña lo idealizaba y pensaba que no había ninguno mejor que él. Ahora que soy adulta, sufro cuando peleamos, lo extraño a morir cuando no lo veo y me alegro como cuando tenía 4 años cuando estoy con él. Lo maravilloso es que sigo pensando que es extraordinario en todo, ya en la dimensión humana y real que es la que en mi edad vemos; pero justamente por ello, mucho mejor.
Durante los últimos meses me he encontrado con varias personas, que aparentemente lo tienen todo y que adentrándonos en conversaciones de un orden mas profundo, de repente me han contado de su relación con su padre y cómo esto ha afectado sus vidas, y su aparente envidiable vida, empieza a tomar un matiz muy distinto.
Pienso en Bayly, que antes con todas sus facetas polémicas , las cuestionables y las que sólo le importan a él y a quienes él frecuenta, defendía a sus hijas y a los hijos de padres que se portaban como indeseables.
Mi hija Julieta ha sido enormemente pegada a mi desde que nació, pero su padre, mi esposo, es una figura más que gravitante en su vida. Y esto va más allá del complejo de Electra.
Lo mismo aplica para Santiago, mi hijo. Su papá es quien desorganiza la mesa, nos hace reír, juega con ellos sin respeto a los horarios y es quien, siempre y con una inmensa ternura está dispuesto a ayudarlos y complacerlos en todo lo que esté a su alcance.
Paralelamente veo con emoción como muchos de mis grandes amigos ya son papás y con orgullo y una conmovedora felcidad, publican las fotos de sus hijos, algunos ya adolescentes, otros infantes, otros bebés.
Mi papá ha sido un ser muy importante en mi vida. Al punto que me he cuestionado si a veces ha sido demasiado importante, pues sus acciones y omisiones muchas veces me han afectado más de lo que quisiera. Sin embargo es imposible que yo considerara ser quien soy, sin su presencia y su influencia.
Con mi mamá es igual de intenso, distinto en otras cosas pero igual de intenso. Hoy sin embargo, he elegido hablar de los papás. Ojo Mamá, no vale picarse que ya te llegará tu turno.
En el discurso anterior a recibir el Nobel, Vargas Llosa dentro de todas las lúcidas ideas que compartió, le dio un espacio a la emotividad y no sólo mencionó a Patricia, sino que nos recordó como los hijos y luego los nietos, son la prolongación de nuestra existencia.Creo que ahí está la clave de todo. Porque somos con nuestros hijos como somos, han sido y, los más sanos, como nos gustaría que hubieran sido con nosotros mismos.
Señores padres de familia, creo que desestiman muchas veces su importancia, su rol, su influencia.
En este occidental y latinoamericano mundo, las mujeres tenemos una crianza y una cultura que conspira desde niñas sobre el imprescindible rol de la madre. La maternidad se sublima en cada rincón de nuestra cultura, y si además hemos crecido en la religión católica, el asunto se torna más serio.
Pero mientras tanto qué pasa con los niños. ¿Será que si ellos también jugaran con muñecos, si las Baby Alives se vendieran para niños, y los papás se las compraran, la historia sería diferente?
Me es difícil entender cómo padres de familia que han disfrutado tanto de su rol, los Baylys de la vida y sus ecuaces, ante un incidente de falda corta y piel más lozana, pueden llegar a perder la perspectiva de tal manera.
Yo mientras tanto celebro a mi papá. De niña lo idealizaba y pensaba que no había ninguno mejor que él. Ahora que soy adulta, sufro cuando peleamos, lo extraño a morir cuando no lo veo y me alegro como cuando tenía 4 años cuando estoy con él. Lo maravilloso es que sigo pensando que es extraordinario en todo, ya en la dimensión humana y real que es la que en mi edad vemos; pero justamente por ello, mucho mejor.
