
Walter Oyarce. Amenaza de bomba en dos lugares en simultáneo. 4 niños mueren envenenados con alimentos del Pronaa. Ciro sigue sin aparecer. Balean a niños por robar carros, celulares o dinero. Padrastros violadores.
Miramos todo como si se tratara de un show. Desde la cómoda distancia de nuestra casa. No somos nosotros. Pasa cerca, pero no me pasa a mi. Tal como en Natural Born Killers, diría mi amigo Oliver Stone.
Lo vemos en frío, como si se tratara de seres de otra especie a quienes les suceden cosas que nosotros no sentimos. Y es por ello que tal vez nos seguimos comportando como hordas de bárbaros con smartphones, wifi y televisores led.
Y al final somos más primarios que nuestros antepasados cavernícolas. Mucho más, porque tenemos documentos fílmicos, fotográficos y escritos de los resultados de nuestra barbarie.
Soñamos con que nos habíamos librado de la sangre de los 80 y 90, soñamos con que teniendo centros comerciales y tarjetas de plástico, esto nos convertía en una mejor sociedad.
Los edificios más bonitos, los carros más modernos y la última moda en la piel, no son suficientes para hacer de nosotros mejores personas. Y lo que nos flagela, no es el impulso cazador de supervivencia.
Es algo más bajo, más oscuro. Tal vez sea un impulso deforme y devastador donde lo único que prima es el placer propio y satisfacer las necesidades individuales, sin importar que al otro lo desangremos para conseguirlo; y con este panorama tan triste, osamos escandalizarnos porque la clase política es como es, porque los delincuentes existen, porque chicos "de bien" asesinan a sus pares o porque niños de 11 años llaman a hacer amenazas de bomba.
Todo lo que sucede, es tan sólo un reflejo de la sociedad que hemos construido, un reflejo de los seres humanos en los que nos hemos convertido y de todo lo que no estamos invirtiendo para que mejore.
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